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Ella estaba ahi, radiante en su belleza, como una diosa griega honrandonos a nosotros, pobres mortales. Hecho un manojo de nervios, me acerque a ella y entre balbuceos incoherentes, le pregunte si queria salir a comer conmigo, tal vez recorrer la ciudad e ir a tomar una copa. Ella, al parecer divertida con mi nerviosismo, solto una pequeña risita, ¡Que risa! Melodiosa, celestial, acentuaba su belleza. Mirandome con esos ojos tan bellos que era imposible dejar de observar, acepto graciosamente, y quedamos para el dia siguiente a las seis de la tarde.